
Por mucho tiempo supusimos que el destino de las buenas relaciones entre nuestro país y Bolivia dependían exclusivamente de la normalidad interna que viviera este último. Claramente eso era un prejuicio y un sesgo negativo, donde partíamos de la premisa de que Chile era una especie de mero espectador en todo este asunto.
Con la primacía de esta actitud, totalmente carente de realismo político, se nos ha hecho difícil concebir que cuando nuestros vecinos tienen problemas, nosotros también los padecemos. Una gran e irreflexiva oposición interna no permite que nos apliquemos a soluciones estratégicas de largo plazo, más allá de la exhibición de nuestras ventajas legales. Esta actitud cómoda contrasta con las necesidades objetivas derivadas del tipo de desarrollo económico y de inserción internacional que hemos elegido, el cual requiere de una mayor densidad conceptual, política y administrativa en su política exterior, lo que es particularmente sensible en el entorno vecinal.
En nuestra diplomacia deberemos se capaces de comprender la exacta dimensión del substrato cultural de la sociedad andina y su incidencia en la política regional. Especialmente en sus complejidades étnicas y sociales, y en los cambios actualmente en curso y las oportunidades de paz y desarrollo que de ellos surgen.
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